UN ENCUENTRO PARA UNA HISTORIA MÍNIMA..VAMOS A CINE!
11/3/2009



Aunque los dos sabían del otro, y conocían y admiraban su obra, Carlos Sorín y Antonio "Taco" Larreta jamás se habían visto hasta hace poco más de un año, cuando el cineasta, proyecto de nueva película bajo el brazo, se cruzó a Montevideo para ultimar los detalles de la filmación, que arrancaría poco tiempo después.
No hubo charla previa, ni necesidad de audicionar, ni negociaciones kilométricas. Al contrario, cuando el director de Historias mínimas llegó a Uruguay, ya estaba todo arreglado.


¿Por qué un escritor?
Porque el escritor tiene una relación con la palabra, con la manera de decirla, que es muy particular. Justamente por su condición de escritor. No es como cualquier persona. Y yo quería que eso se notara. Hubiese sacrificado el requisito, si no aparecía a tiempo. Pero apareció "Taco".
"Taco", ese hombre de 86 años que resolvió su pesquisa, ahora está sentado frente a él, y trata de seguir el diálogo tanto con sus oídos como con sus ojos. "Es que el avión me dejó más sordo de lo que soy", dice, mientras, lejos de cualquier disimulo y entre risas, acusa a su audífono de haberse declarado en rebeldía en pleno vuelo. Y enseguida narra los pormenores del encuentro: "Durante una cena que compartía, en mi ciudad, con el socio de Carlos, José María Morales, y Sancho Gracia, el protagonista de Curro Giménez, a quien no veía hacía un tiempo, oigo que alguien pregunta: ¿A tí te gustaría trabajar con Sorín?. Entonces avisé que no había escuchado bien, y pregunté si alguien lo había preguntado, ante lo cual Morales asintió. Entonces, dije, Te voy a contestar. Nada me gustaría más que trabajar en una película de Sorín.
"Lo que buscaba -explica Sorín- era hacer una película de una narración muy endeble, muy finita, de manera de que el espectador pueda completar cosas que no están, o que están parcialmente. Soy de los que piensan que el cine ocurre en la cabeza del espectador. Por lo tanto, a mí me gusta el cine que le exige un esfuerzo para completar su propia película".
Es esa misma idea la que lo llevó a reducir el guión a apenas 36 páginas, "contra las 100 que son más o menos habituales". Con la línea central del argumento en ese esqueleto, el rodaje fue dándole forma a la criatura. "Como durante las cinco semanas y media de filmación, equipo técnico y actores vivíamos en el mismo lugar en el que filmábamos, cada noche tenía la posibilidad de ir viendo lo que estábamos haciendo, de compaginar, de corregir. De ir escribiendo la película a medida que se iba haciendo", explica el director.
"Tanto que yo no pude estudiar mi personaje, porque me secuestró el guión", intercepta Larreta, quien admite que en algún momento Sorín se lo había dado, pero que dos días más tarde anduvo buscándolo varias horas, hasta que se dio por vencido.
Así creció el relato que resume once o doce horas de la vida de un octogenario que, tras haber sufrido un infarto que lo condenó a un reposo que su rebeldía se atrevió a desafiar, espera por la llegada de su hijo, pianista, que reside en Europa.
Entre las tantas ideas que se le ocurren "todo el tiempo" y que caen en el olvido, Sorín encontró en ésta un par de razones para darle crédito: "Surge, ante todo, de una pasión que tengo por un cuento de Raymond Carver, que se llama Tres rosas amarillas, que narra los últimos instantes de la vida de Antón Chejov. Allí abren un champán y festejan lo que es, un poco, la despedida. Y sin duda me influenció la muerte de mi padre, que ocurrió poco antes de que el proyecto se pusiera en marcha". Y, enseguida, agrega: Supongo que cuando a uno le pasan esas cosas uno empieza a pensar en si fue lo suficientemente bueno". Para Sorín, la historia y Larreta combinaban a la perfección. "Necesitaba alguien con la fragilidad de sus años, para que no fuera actuada", explica.
Sin embargo, el escritor y ahora actor mandó al demonio la fragilidad apenas pasadas las primeras 24 horas de filmación. "Yo tenía que bajar mi tono actoral, más apropiado para el teatro. Se planteó, entonces, una lucha tan fuerte entre mi vieja escuela y lo que él quería, que empecé a hacer mi valija para irme. ¿Cómo que te vas?, me preguntó su asistente, y le expliqué que no podía, que no sabía hacer lo que Sorín me pedía. Y que me iba". Pero se quedó.
"Seguimos peleando en pos de una actuación neutra, en busca de la mayor autenticidad posible. Y lo fuimos consiguiendo desde la segunda semana", acota Sorín.
En el filme, la mirada de "Taco" es un elemento esencial, como si fuera realmente la de quien, desde su lecho, mira el mundo sabiendo que se está yendo.